Los perniciosos efectos del mundo de “cartón piedra” que vemos y compartimos en las redes sociales

Desde que aparecieron hace unos años hasta ahora, las redes sociales se han convertido en mucho más presentes que nunca en nuestro día a día. Todo el mundo parece estar conectado a ellas, compartiendo contenidos y siguiendo otros. Las redes sociales son una suerte de territorio soñado en el que proyectamos cómo queremos ser y en el que seguimos referentes de esa vida ideal. Lo hacemos además cada vez más, más tiempo y de forma más intensa.

Quizás uno de los síntomas más claros de la dependencia que mantenemos hoy en día con las redes sociales esté en lo que ocurrió tras el último problema de Instagram en contabilidad de usuarios. Como publicaban en Fast Company, Instagram ha reconocido que ha tenido un problema que hacía que se contasen mal los seguidores y que por eso algunos usuarios tenían de pronto menos followers. Los followers perdidos volverán en cuanto Instagram solucione el problema, pero mientras eso ocurre los usuarios de la red social ya han acudido a Twitter para quejarse de la situación. Los usuarios señalaban que no estaban contentos con lo que ocurría.

¿Estamos demasiado obsesionados con lo que ocurre en las redes sociales y con lo que eso dice de nosotros? Un estudio señalaba no hace mucho que los efectos de engancharse a Facebook eran similares a los de engancharse a las drogas. Otro, mucho más reciente, hacía que los usuarios de la muestra dejasen la red social durante un período. Las conclusiones eran muy llamativas: mientras estaban desconectados de Facebook estaban mucho más desconectados de las pantallas y de los contenidos en general y pasaban más tiempo interactuando en persona.

Proyectar una falsa verdad
De hecho, como recuerdan en un análisis que publican en Phys, si las redes sociales fuesen una persona, serían posiblemente la persona que siempre se querría evitar. Las redes sociales dan una visión muy poco realista de la vida de las personas que en ellas vuelcan su día a día. Son como cuentos de hadas, recuerdan, algo que tiene mucho de edición y de selección.

La gente no lleva esa vida de ensueño que parece aparecer siempre en las fotos de Instagram. En una novela reciente (Mi vida (no del todo) perfecta, de Sophie Kinsella), la presión sobre la protagonista – joven profesional del marketing – por tener una imagen cool en redes sociales (aunque vive de forma miserable en Londres con un sueldo de becaria) le lleva a hacer fotos a una taza olvidada en una cafetería que obviamente no puede permitirse para mostrar en Instagram.

Los efectos que estas vidas de mentira tienen en la salud mental de sus protagonistas y de sus receptores son, sin embargo, muy reales. Los jóvenes adultos son especialmente vulnerables, recuerdan en Phys, a la idea de que no dan la talla a lo que se muestra en redes sociales. Y no solo eso: la presión en las redes sociales por ser perfectos acaba haciendo que se entre en una suerte de competición, una carrera por estar siempre como el mejor 24 horas y los 7 días de la semana. Se crea un entorno agotador.

Por supuesto, no todo es malo en las redes sociales y también podrían ser empleadas de un modo mucho más saludable. Al fin y al cabo, la esencia de estos servicios (comunicarse) no es malo, sino más bien el cómo lo usamos y lo que esperamos de ellos. Y lo de fingir, aparentar, tampoco es nuevo. Es tan viejo como el mundo? Lo que las redes sociales hacen es que, simplemente, no se pueda escapar a ello en ningún momento.

Tres pasos para mejorar en los que las empresas tendrán que entrar
La solución podría estar en los tres pasos que proponen varios expertos en Harvard Business Review. Habría que apostar por la alfabetización de los usuarios en lo que suponen las redes sociales, una cierta higiene y el etiquetado. El primer paso implicaría hacer que la gente fuese mucho más letrada en lo que las redes sociales suponen y en lo que esos contenidos implican. Debería ser la base para comprender qué son las redes sociales y cómo nos comunicamos en esta era.

El segundo paso es mucho más personal, mucho más propio. Los usuarios tienen que hacer una higiene digital, lo que implica no solo imponerse rutinas y hasta horarios hasta ser conscientes de que tienen que trabajar cómo usan las redes sociales y cómo son en todo los demás (la abstención de la red, dicen los expertos, puede ser la llave que muchos proponen, pero no va a funcionar, como han demostrado los estudios).

Las marcas y las empresas ya están ultra presentes en el paso de la higiene, recuerdan los expertos. Tienen filtros (Apple, Google o Amazon) que permiten cambiar las luces de sus dispositivos y hacer que sean mucho menos agresivas a la hora de dormir. Sobre otros puntos, como el control de los contenidos tóxicos, las compañías (como Facebook o Twitter) aseguran que están haciendo cosas pero deberían hacer mucho más.

Y después está el etiquetado, algo en lo que las marcas y las empresas tendrán que estar muy presentes. Igual que la publicidad en la televisión tiene que incluir avisos y mensajes y está limitada e igual que algunos productos tienen que llevar letra pequeña, hay quienes creen que lo mismo debería ocurrir en el entorno de las redes sociales e internet.

Vía: Puro Marketing

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