La economía colaborativa dibuja un escenario económico muy distinto al actual, en que seremos nuestros propios jefes y podremos vivir de compartir nuestro coche, hogar y otros productos. Pero ¿son todo ventajas?

Mucho se está escribiendo sobre la economía colaborativa, un nuevo modelo económico en el que los usuarios comparten e intercambian productos y servicios, y que ha surgido en gran medida como respuestas a la escasez de recursos y el elevado. crecimiento demográfico

La importancia de este nuevo modelo se aprecia fácilmente si observamos el crecimiento exponencial que están logrando algunas de las plataformas que se basan en él, cuyas representantes más evidentes serían Airbnb o Uber.

Pero para entender bien este fenómeno, conviene analizar de manera más global. Es lo que ha hecho en su último libro el profesor Arun Sundararajan, especializado en economía colaborativa, donde analiza las consecuencias que ya está teniendo en la economía global y la forma en que va cambiar las relaciones comerciales y laborales tal y como las conocemos hoy.

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Según él, estamos presenciando un cambio de paradigma que afecta frontalmente a la forma en que la economía se organiza hasta ahora: las grandes corporaciones y empresas empiezan a ser sustituidas por “la comunidad”, por los individuos, que pueden generar ingresos a partir de su coche, de su casa o de su cocina.

Un panorama donde no existen los jefes ni los empleados, sino en el que todos somos útiles para los demás, ofreciéndoles nuestros servicios. Así, la economía colaborativa traerá una revolución en el consumo y un nuevo capitalismo basado en la multitud, en el público.

Airbnb, BlaBlaCar pero también otras empresas más pequeñas como EatAbout o Drivy son claro ejemplos de esta transición del modelo anterior al nuevo, en el que el individuo es propietario y su propio jefe.

Otra prueba de ello sería, para el autor, la cantidad de profesionales que ya trabajan por cuenta ajena, como redactores freelance, diseñadores gráficos o lospropietarios de un ecommerce. La diferencia en los próximos años estará en el mercado que se abrirá a estos profesionales, que será mundial.

Es decir, la oferta estará formada por “mini proveedores” que abastecen a gran escala.

Un escenario que a algunos como Sundararajan les entusiasma, porque empodera al individuo y le pone en el centro de todo este proceso: pasa de ser un mero asalariado a ser quien dicta las normas de producción y abastecimiento, e incluso sus condiciones laborales.

Entonces ¿qué hay de los derechos de estos trabajadores? El profesor propone que estas plataformas de consumo colaborativo acabarán creando una relación con los usuarios similar a la que hoy en día tienen las empresas con sus empleados.

El crecimiento de organizaciones como Airbnb permitirá cubrir cuotas que se asemejarán a un salario mínimo y se contrarrestará así la incertidumbre que siempre rodea a los autónomos.

Sin embargo, no todos ven este escenario con buenos ojos. El avance tan rápido de los modelos de economía colaborativa está provocando que la legislación actúe a destiempo, a veces prohibiéndolos y otras tratando de adaptarse a ellos con mayor o menor acierto.

La falta de regulación, esgrimen algunos, se lo pone muy fácil a las nuevas soluciones, ya que no compiten en igualdad de condiciones con los servicios tradicionales y se evitan licencias, impuestos y otras condiciones que aquéllos sí tienen que afrontar.

Además, otro de los argumentos para defender la necesidad de una normativa que rija las iniciativas de economía colaborativa es que, sin ella, no hay reglas del juego y por tanto se dan las circunstancia ideales para que se generen monopolios, con la desprotección del consumidor que ello acarrea.

¿Tú qué crees? ¿están las leyes, la economía y los propios ciudadanos preparados para esta revolución?

Vía | washintongpost.com