El pasado lunes conocíamos que Peugeot-Citroën había llegado a un acuerdo con General Motors para echar el guante por 2.200 millones de dólares a Opel y Vauxhall. Pero, ¿por qué General Motors, el fabricante automovilístico más importante en suelo estadounidense, se desprende de sus dos subsidiarias europeas? Básicamente por motivaciones de índole financiera.

Sin embargo, y sin bien a corto plazo la transacción tiene todo el sentido del mundo (o eso parecer a simple vista), a largo plazo ésta podría revelarse como un auténtico “patinazo”, asegura Jamie Lincoln Kitman en un artículo para The New York Times.

A juicio de Kitman, la venta (quizás precipitada) de Opel y Vauxhall por parte de General Motors pone de alguna manera entre dicho las lecciones que la multinacional estadounidense debería haber aprendido de la quiebra que sufrió en 2009 y de su posterior rescate por parte del gobierno federal de Estados Unidos.

Es cierto que desprendiéndose de sus negocios en Europa, que arrastran pérdidas millonarias desde el cambio de siglo, General Motors llena sus arcas. Y con las arcas llenas tiene la posibilidad de recomprar acciones y hacer que éstas aumenten su valor.

¿El problema? Que el afán de General Motors por hacer que sus títulos remonten (a toda costa) el vuelo podría ser de todo menos saludable e inteligente. Al fin y al cabo, las acciones de la compañía automovilística estadounidense (que nada tienen que ver con los títulos “supercool” de las empresas “techies”), llevan “dormidas” durante años y ni siquiera tuvieron a bien despertar en 2016, cuando General Motors anotó beneficios récord.

Por lo pronto, los mercados bursátiles han reaccionado más o menos impertérritos a la venta de Opel y Vauxhall por parte de General Motors, cuyos títulos cayeron incluso un 1% el pasado lunes, el día en que se hizo pública de manera oficial la transacción, recuerda Kitman.

Y no debemos olvidar tampoco que General Motors será de ahora en adelante el único fabricante automovilístico en el Top 5 mundial sin presencia en el mercado europeo, donde perderá de vista los números rojos pero también el prestigio y las ventas (que las había).

Por otra parte, diciendo adiós a Opel y a Vauxhall (sobre todo a Opel), General Motors parece haberse olvidado de las promesas que realizó allá por 2009 cuando se fue a la quiebra y las autoridades federales rescataron a la compañía. Por aquel entonces la marca automovilística se comprometió a ser una empresa más respetuosa con el medio ambiente.

Esta promesa parece, sin embargo, haberse diluido en agua de borrajas. Razón de más para que General Motors haya abandonado suelo europeo, donde las regulaciones medioambientales son mucho más estrictas de lo que lo serán, parece, en la recién estrenada era Trump.

General Motors parece querer volver a poner el acento en la fabricación de automóviles más contaminantes y también lógicamente más baratos. Una filosofía totalmente opuesta a la de las marcas Opel y Vauxhall que General Motors va a dejar atrás.

Opel ha sido durante años la mejor escuela de General Motors a la hora de alumbrar vehículos de tamaño mediano y pequeño. Y ahora esa escuela se va también al garete. Puede que la venta de Opel y Vauxhall haya agradado al nuevo inquilino de la Casa Blanca, pero a largo plazo la operación podría revelarse absolutamente venenosa para General Motors. Al fin y al cabo, siempre es más fácil tratar de mejorar marcas ya existentes (Opel y Vauxhall) que construir una nueva completamente de cero, concluye Kitman.

Un artículo publicado en Marketing Directo